El abogánster que conocí bailando

El abogado que conocí aspira a ser Fiscal General de la República. (Foto ilustrativa: Servicios de agencia)

El abogado que conocí aspira a ser Fiscal General de la República. (Foto ilustrativa: Servicios de agencia)

Conocí a mi abogado de la manera más insólita posible: bailando en un bar un domingo por la noche.

Me sacó a bailar a pesar de que no tenía la menor idea de cómo llevar el tiempo y después de un par de minutos dije que estaba cansada y que prefería sentarme y conversar. 

En verdad no tenía interés de platicar con él pero no quería parecer descortés.

Pasamos por el típico “cómo te llamas, de dónde eres, a qué te dedicas” y cuando dijo que era abogado levanté las orejas como el pastor alemán que oye un ruido en la lejanía.

Cuando narré los pormenores de mi caso y le pregunté si valía la pena poner una denuncia me ofreció sus servicios y aseguró que podía ganarlo. Llegamos a un acuerdo: un pago inferior a sus honorarios habituales, más la redacción de su tesis de maestría en derecho penal, a cambio de llevar mi proceso.

Tenía unos 35 años, era delgado, con un leve parecido a Marc Anthony, y se jactaba de que un día llegaría a ser Fiscal General de la República.

Recordé el día en que había entrevistado a Claudia Paz y Paz cuando ocupaba ese cargo. El contraste entre ella –con su indumentaria sencilla, la voz suave pero firme y las frases pausadas- y este sujeto que rezumaba arrogancia, no podía ser mayor.

Insistió en que fuera a su casa, supuestamente para discutir los pormenores de mi caso, a lo cual finalmente accedí, de mala gana, una semana después. 

Vivía en un elegante condominio de la zona 10, de edificios altos, rodeados de frondosos barrancos y compartía un apartamento con dos amigos. El alquiler del lugar superaba lo que yo gano en un mes.

Uno de sus clientes más importantes era uno de los acusados en el caso La Línea.

Otro era un individuo que asiduamente protagonizaba la sección dominical de chismes políticos en un diario, señalado de adquirir propiedades de manera dudosa.

Entre tragos de ron y con música electrónica en el fondo, narró su hazaña: la llegada con un séquito de guardaespaldas armados, las amenazas, y la humillación del abogado de la dueña de la finca que no tuvo más remedio que firmar y aceptar su derrota. Ufano, inflaba el pecho como un pavo real.

Se encerró en su habitación y regresó a la sala, minutos después, con las pupilas dilatadas y la mirada vidriosa.

Habló de la empresa offshore que estaba creando. “Vos que hablás inglés y sos traductora podrías…”, comenzó a proponer, pero le respondí con una mirada que decía “Ni hablar, ni lo pienses”, y lo dejé con la frase truncada.

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08 de septiembre de 2017, 05:09

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