Recuerdos de una infancia feliz

A pesar de haber llorado mucho, recuerdo una infancia feliz…

Recuerdo a Freddie Mercury vestido de mujer en I want to break free y que ese era uno de los videos más pedidos en “Musicales del Trece”, solo por ver ese video que para entonces nos parecía muy extraño.

Extraño las siestas después de regresar del colegio. Esa es la parte más dura de volvernos adultos.

Recuerdo a los personajes de Plaza Sésamo, esforzándose por enseñarme la diferencia entre lo lejos y lo cerca.

Recuerdo la música del carro de helados Topsy, con la canción de El Golpe, con un pianito infantil. Las bocinas charleaban por el exceso de volumen. Los helados eran de chocolate, fresa, vainilla, arcoíris, ron con pasas.

Recuerdo el resbaladero gigante del Hipódromo del Norte. Para entonces me parecía, realmente, gigante. Para deslizarte, tenías que subir un saco vacío de café. Años después volví a ir, tan solo para darme cuenta de que no era tan alto y que estaba oxidado. Y que ciertamente sin esos sacos de fieltro no nos hubiéramos podido deslizar.

Recuerdo mi alcancía. En 1985, todos los días mis papás me daban cinco centavos para mi refacción, pero que yo casi nunca gastaba, porque era tan chiquito que nunca lograba hacerme espacio en la tienda del colegio. Entonces lo ahorraba. Al final del año, logré juntar 16 quetzales y me compré unos tenis, marca Kanguroos. Fue la primera vez que sentí que compraba algo con mi dinero.

Recuerdo la Sexta Avenida de la zona 1 de antes, con sus letreros que llegaban a media calle. Un camión muy alto no podía pasar. El Centro Comercial Capitol era el centro de la moda y era un paseo de lujo. Luego fue llenado por las ventas callejeras y luego la despejaron para que fuera como está ahora.

Recuerdo la vez que vomité en clase después de comer unas chucherías. El vómito sabía a queso sintético. Aún cuando miro esas bolsitas, me recuerda ese sabor amargo de esa mañana en el Kinder.
Recuerdo la vez en que iba con mis papás a La Terminal y que iban a ir a recoger algo. A mí me dejaron solo en un comedor; mi papá me pidió un agua gaseosa y una hamburguesa, pero yo no comí porque me quedé llorando, pensando que me habían abandonado.

Otra vez también me dejaron en la casa de un tío, pero yo lloraba a gritos desde la puerta. Una cuadra después, mi papá retrocedió y regresó por mí.

Recuerdo Esquilandia, que estaba donde ahora está PeriRoosevelt, y que tenía un árbol que hablaba.

Recuerdo que jugábamos en la calle con pelotas de plástico. Para que no se las llevara el viento, las forrábamos con otra pelota de plástico que ya se había pinchado antes. Había menos carros y era mucho más seguro. Jugábamos kickball hasta las nueve de la noche. Habitualmente, las pelotas se trababan en un balcón, pero la dueña de la casa decía que no sabía dónde estaba la llave y no podía devolverla. Un día, emocionada, salió al balcón gritando que había encontrado la llave y que estaba pronta a devolver todas las pelotas. Las empezó a tirar y parecía una lluvia de pelotas, acumuladas a lo largo de unos cinco años. Probablemente es el día más feliz que yo recuerdo en esa cuadra del Barrio Moderno.

Recuerdo a Abdón narrando el béisbol y que su simple narración nos emocionaba. Al terminar el partido de béisbol, salíamos a jugarlo. La llanta de un carro era primera base y una piedra a mitad de la calle era segunda.

Recuerdo bien en 1986, la pelota que se le fue entre las piernas a Bill Buckner para que los Medias Rojas de Boston perdieran la Serie Mundial y creyeran que tenían una maldición.

Recuerdo el sabor de los antibióticos, especialmente en ese año, en 1984, cuando tuve siete infecciones de oído.

Recuerdo cómo era la televisión sin cable, al Canal 5, que a pesar del ser del Ejército tenía programas que me gustaban. Recuerdo los tiquets de camioneta, en especial los que sumaban 21.

Recuerdo que los cines tenían permanencia voluntaria y que se podía ver la misma película toda la tarde. Incluso, si llegabas tarde, te dejaban entrar y luego empezabas a ver el principio para enterarte de qué trataba.

Recuerdo el sabor del aceite de hígado de bacalao. Una vez nos dieron en el colegio y a mi profesor le tembló la mano y cayó sobre mi libro de Ciencias Naturales y pasó oliendo a pescado el resto del año.

Recuerdo los dos goles de Maradona contra Inglaterra en México 86 y desde entonces lo sentí como que era una reivindicación social.

Recuerdo a Edín Roberto “El Quetzalito” Nova y la vez que le ganó, él solito, a los colombianos en la Vuelta Ciclística a Guatemala. También cuando “El Tractorcito” Muj ganó en la última etapa, cuando ya nadie se lo esperaba.

Recuerdo las tiendas sin barrotes, los zapatos con lodo, los pantalones con raspones, las camisas escolares con manchas de témperas, la casa con olor a frijoles, el olor de los libros de texto nuevo al inicio del año escolar, la marimba que antecedía al anuncio de un Golpe de Estado.

También recuerdo cuando terminé en un hospital, porque caí de la bicicleta y me dejó una cicatriz en la frente.

Recuerdo haber llorado cuando murió el señor Vitalis y Corazón Alegre en Remi, y también cuando murió Beth cuando leí Mujercitas.

De hecho, recuerdo todas y cada una de las veces que me quedé dormido llorando.

Espero que el niño que fui me mire algún día con respeto, y considere que soy o me parezco bastante a lo que él siempre soñó ser cuando fuera grande.

*Las opiniones publicadas en las columnas son responsabilidad de su autor, no de Soy502

01 de octubre de 2017, 05:10

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