Hablar como hombres, hablar como mujeres

Denunciar a los agresores sexuales es un reto de la sociedad guatemalteca. (Foto: Ecuavisa)

Denunciar a los agresores sexuales es un reto de la sociedad guatemalteca. (Foto: Ecuavisa)

Hablar, tan común y tan difícil. Hablamos de todo, del trabajo, de la casa, del Mundial, de la última fiesta y de nada.

Sentarse y abrir el pecho con honestidad, con profundidad, sin miedo: eso es raro, pasa poco. Nos hemos acostumbrado a líneas cortas, a emojis del WhatsApp, al “a ver cuándo nos tomamos algo”, hablamos poco y de casi nada.

Hace unas semanas me reuní con uno de mis mejores amigos y hablamos, hablamos largas horas, y bebimos y hablamos, y no fue fácil. Empezamos con los corazones rotos, que es un clásico de las conversaciones y los bares, y cuando llegamos a la parte de nuestros miedos, decidimos seguir. Ya qué.

Pasa muchas veces de las pocas veces que realmente hablamos. Llegamos a la puerta de algo duro de contar y lo evitamos, lo bordeamos. Recuerdo la frase que me dejó otro amigo: “lo contrario a la vida no es la muerte, es el miedo”.

Empezamos a hablar de cuando hemos estado vulnerables ante la vida y esto nos llevó a hablar de cuando en esos momentos vulnerables alguien ha sacado provecho. Pasamos por la infancia, por el colegio, por la adolescencia, por el amor, por las relaciones y eventualmente alguien pronunció, al fin, la palabra: abuso.

Hablamos de maestros, de maestras, de vecinos, de curas, de desconocidos en buses, de fiestas locas, de largas horas de la madrugada, del silencio y de la espera. Hablamos de lo que no hemos hablado, de que nos han faltado palabras, de que nos han faltado lugares, amigos, libros, películas y coraje.

Hablamos de cómo marca la vida un mínimo gesto, de cómo parte el camino un acto violento.

Hablamos de cómo nos fue a nosotros que estamos del la lado de los privilegios de las masculinidades ladinas de la clase media y del maldito infierno que ha de ser para todas las mujeres guatemaltecas que tienen infinitas historias como las que compartimos esa tarde con mi amigo.

Escribo estas líneas y siento un peso en el pecho que estoy seguro muchos acá hemos conocido: es el miedo. Miedo a los juicios, a las palabras, al qué dirán allá afuera en las elucubraciones miserables de las redes.

Pienso en la cantidad de trabajadoras del estado que han vivido el acoso, el abuso y la violencia en los espacios de gobierno. Tengo varias amigas que sé que lo han vivido. Y pienso en el presidente borracho.

Pienso en las personas que amo, que he amado y me han amado, y es innombrable la sensación de pensar que casi seguro a todas ellas este sistema les ha marcado el espíritu y el cuerpo con sus navajas. A ellas sobretodo y también a nosotros.

Pienso que vivimos, al fin, un tiempo para hablar, y espero también, pronto, un tiempo para la justicia.

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09 de julio de 2018, 19:07

*Las opiniones publicadas en las columnas son responsabilidad de su autor, no de Soy502
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