Los libros de mi papá y la sombra de Hugh Hefner

Hugh Hefner, el fundador de Play Boy, ícono y héroe de una época. (Foto: Tomada de L.A. Times)

Hugh Hefner, el fundador de Play Boy, ícono y héroe de una época. (Foto: Tomada de L.A. Times)

Acaba de morir Hugh Hefner, el fundador de la revista Play Boy, y con él, una época en la que este magnate del entretenimiento encarnó el sueño del macho vestido de smoking, con una rubia colgada del brazo y un whisky en la mano. 

Hefner fue el héroe de una generación. Mi papá, Roberto Fernández, se contaba entre sus miles de admiradores. Muchos baby boomers hubieran dado un riñón por vivir como él: en una mansión repleta de “conejitas” en bikini. Mi papá nunca tuvo la piscina ni el harén, pero sí la bata y la caja de habanos.

Como buen hijo de su tiempo, mi papá dedicó la primera parte de su vida a destacar: hacer dinero con avidez para acumular los símbolos del éxito. Y cuando digo acumular, no exagero: mi papá era un coleccionista insaciable. 

Cuando sucumbió bajo la presión de sus propias exigencias imposibles, y se le precipitaron mil desgracias encima, sus colecciones de arte lo sacaron de apuros.

Hubo que venderlo todo --renunciar a ser un poco como Hugh Hefner, supongo-- para afrontar la segunda parte de su vida, que sobrellevó con enormes dolencias de salud, con un enfermero de día y otro de noche, uno que le dosificara la medicina y lo sacara a pasear y otro que le velara el sueño. Así pasó sus últimos años mi papá, sin glorias vanas, pero en paz con sí mismo y sobre todo, con una renovada capacidad para encontrar la alegría en los afectos, la conversación, las comidas compartidas. 

Vivió menos que Hefner, eso sí. A mi papá la muerte lo sorprendió con una neumonía silenciosa, de esas que devoran los pulmones a hurtadillas, hace seis años. En el taxi que lo llevó al hospital, iba proclamando, con el cigarro entre los labios, que no pasaría ni una noche internado. No fue necesario. Entró a la emergencia de El Pilar con paro respiratorio.

Los enfermeros que lo cuidaron por años, Chepe y Beto, se encargaron de hacernos el dolor más leve a mi hermana y a mí. Cuando llegamos a su casa para ordenar sus cosas, ellos ya se habían ocupado de empacar todo en cajas rotuladas: la ropa, los enseres, los libros.

Los libros… Recuerdo que agarré una caja y empecé a indagar en las lecturas de mi padre, ese cúmulo de páginas que dan cuenta de quién somos en esencia. Había de todo ahí: enciclopedias, catálogos viejos de ciudades europeas, muchos textos de teoría del derecho y algunas cosas que sí me interesaron, como los ensayos de Ortega y Gasset y sobre todo, una colección completa de las obras de Unamuno.

Era una colección hermosa, de principios del siglo XX, con volúmenes de pasta dura forrados de cuero marrón. Llamé a mi hermana para que viera mi hallazgo, pero al hojear el primer libro, nos percatamos de que ya tenía dueño. Estaba dedicado a Chepe, el enfermero de día, la persona que le tuvo paciencia por más de 30 años. “Para mi amigo José”, decía con los trazos largos y finos, como patas de zancudo, de la letra de mi papá, y su firma.

Chepe, vamos a decirlo, nunca tuvo pinta de lector --lo suyo era la lucha libre-- así que le hice una propuesta. 

“Mire Chepe, estos libros son suyos, pero a mí me gustaría conservarlos como recuerdo de mi papá. ¿Me los vende?”, le pregunté.

A José se le encendieron los ojos. “La verdad yo qué voy a hacer con ellos", respondió, "pero lo que sí me gustaría a mí, son esas cajas de allá”, me mostró con un gesto de los labios.

Fuimos con mi hermana hasta el rincón donde se encontraban apiladas y soltamos la carcajada. Ni siquiera lo recordábamos, pero en los años 60 y 70, mi papá fue un suscriptor asiduo de Play Boy. Y ahí, en esas cajas, estaban todas las revistas. En la primera que abrimos, hasta arriba, había una que presentaba en la tapa a una chica a gogo, vestida solamente con unas botas blancas de charol, hasta la rodilla.

Hicimos el trueque con José: los libros de mi papá, con la colección de Unamuno, por las cajas de Play Boy. Cuando se lo conté a mi esposo, me vio con aire divertido: “Estás clara que le diste lo único que tenía valor, ¿verdad?”. 

A mí me pareció un trato justo. No es que yo sea fanática de Unamuno, pero cada vez que paso frente a mi librera y veo la fila de pastas de cuero café, me acuerdo de mi papá y sonrío.

Y supongo que Chepe será un buen guardián de la última colección de mi papá: una que encierra el legado de una época marcada por Marilyn Monroe, el advenimiento de la píldora, el rock y el periodismo gonzo, el exceso y la decadencia, una época que consumió a mi papá y a tantos como él y que se apagó en estos días con Hugh Hefner.

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28 de septiembre de 2017, 18:09

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